lunes, 31 de diciembre de 2012

CARTA AL DESTINO 17: "El hombre de la camisa roja"


31 de Diciembre 2012

Querido amigo,

Hace solo 10 minutos el sol rajaba la tierra (como dice alguna canción), lo velaba todo con tal manto de luz y calor dolorosos, que cada paso tenía el peso de una peregrinación ancestral. Ahora todo se ha vuelto con esa oscuridad luminosa previa a las tormentas, transparente,  el verde es brillante, suena el cielo y escribirte esta carta  con vino en mano es el momento mas esperado.

Esta carta evoca un acontecimiento sin mayor importancia, de esos que abundan en las calles derrochando cotideaneidad y que quizás hasta te parezca falto de consistencia, sin embargo simboliza algo grande. Este se refiere a la mirada sobre un hombre a quien no conozco, no forma parte de mi vida cotidiana y al cual nunca mas volveré a ver, pero quien a partir de ahora nunca podré olvidar. Como cuando en una película algún rasgo esencial del ser humano es revelado por los personajes secundarios. Lo que te contaré me hizo pensar en una frase leída la cual reafirmo aquí mismo  “todos en particular, ninguno en general”.


Llueve


Sucedió hace algunas semanas, una tarde en la que estaba sentado en la mesita de el bar de La Madrina, una de las mejores mozas/camareras que existen en el planeta tierra (pero ella merece una carta aparte) y mientras miraba las fluideces del caos descubrí a un hombre que venía desde el parque caminando en un sentido específico. Lo miré y pensé, "este hombre es un tipo común caminando hacia algun punto, nada en el se muestra maravilloso" y por tal motivo me cuestioné a mi mismo, entonces detuve mi mirada en el y me di cuenta cuan equivocado estaba.

Vestía camisa roja manga corta, de una tonalidad cercana al color de una mancha de cereza (fantástico color, que a su vez por supuesto me recuerda al vino, o a las moras, en fin un color universal), combinaba con un pantalón negro de vestir y alpargatas negras. Su pelo de prominente frondosidad y grosor habría sido negro, hoy aún intacto en virilidad, se lo veía siguiendo los vestigios del tiempo convirtiéndolo en un verdadero canoso en progreso.  Por la disposición de su peinado, parecía haberse levantado de una siesta en el parque. Su cuerpo era robusto con panza feliz.
Así es, vi a este hombre llegar caminando a un punto de intersección de avenidas y calles que resulta que no es cualquier punto, lo llamo “la isla” (se trata de un fragmento triangular pequeño, sin palmeras ni agua, solo cemento) es un espacio de nexo, de transición. Todos lo usamos necesariamente sin prestarle atención (como en todo acto cotidiano), pero ese sitio tiene algunas características particulares: te hace sentir algo especial, ganas de estar, pero queres irte de allí; es practico pero incomoda, genera vértigo pero allí estas seguro, tenes una visión justa y amplia de todos los rumbos y alrededores lo que te incita a inventar riesgosas formas de cruzar las calles en amplias diagonales.
En La Isla se encontraba él, no quería cruzar en ninguna dirección, solo estaba allí, parado en una de sus puntos mas salientes, mirando al sureste. Solo eso, y mas que eso, no estaba esperando cruzar, parecía estar buscando o esperando a alguien (en definitiva la fuerza que promueve ambas acciones es originada desde el mismo centro) sin desesperación, solo como la actitud natural. Me quedé mirándolo, haciendo presente las preguntas probables en relación a un desconocido: ¿a quién?, ¿porqué?, ¿cuando? ¿cómo?, ¿encontrará? ¿será encontrado?, en fin; entre la curiosidad e imaginación se hizo presente una certeza cotidiana: siempre estamos buscando/esperando a alguien (o algo) y no se trata de insatisfacción sino de otra cosa, ligada al movimiento, como si fuera el instinto que nos mueve sobre alguno de los ejes.

De golpe, se impuso en mi un impulso fraternal, me levanté y fui a su encuentro, naturalmente, sin ninguna aceleración caminé hacia esa dirección, como lo haría normalmente aún sin haberlo visto, llegué a la isla y me paré a su lado mirando hacia el mismo sitio y durante un rato miré sin objeto a la nada fértil. Entonces  fue cuando cruzamos miradas que le hice un gesto de asentimiento, mínimo, silencioso (“amigo, lo entiendo, sepa que no esta solo").
El se quedó mirandome, algo sorprendido o mejor dicho desconcertado, aun así  y sin haber cruzado palabra alguna nos entendimos.  Muchas veces olvidamos que el entendimiento es mas que la suma de palabras, y estar en la calle se basa fundamentalmente en esta forma sabia de comunicación entre las personas: el entendimiento entre los cuerpos. Eso fue todo, y no es poco.
Todo siguió su curso natural o forjando un curso nuevo quien sabe, pero el decidió caminar nuevamente en sentido del parque y yo me quede allí mismo un rato mas, hasta que volví a mi mesita del bar, cargado de esperanza.

Querido amigo, la fugacidad del tiempo se solidifica en la significancia que obtienen estos instantes, los cuales a su vez nos mezclan a las personas; y son a su vez los que simbolizan la esencia del ser humano:

Un hombre con una camisa rojo cereza, parado en una isla entre el vigoroso fuir de los cruces de avenidas y calles, mirando hacia algun punto buscando/esperando a alguien, o algo, o simplemente pensando en su destino mas próximo,  o quizas, en nada en particular…

Brindo por las piedras que esconden diamantes!
Por que no-buscar nos da esperanzas
Por la sabiduría y la verdad manifiesta en los “personajes secundarios”, en definitiva ¡por el hombre de la camisa rojo cereza!

Salud!
Hasta pronto!

El Crudo

pd. "La isla" nunca volvera a ser la misma, siempre que pase por allí haré presente mis búsquedas, esperas y esperanzas;
pd2. Con respecto a la camisa, quiero una de ese color.
pd3 ¡Hércules!

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